Hay poca participación con sus comentarios, pero intento no desanimarme y continuar con este fic. Ya no falta tanto para el final~
ISTAR
~*~
Vigésima Parte
~//~
Númen
Ahí está el Palacio de Númen, levantado
como una magnífica estructura de piedra blanca como el marfil. Cinco puntas se
irguen en las torres del frente, en ellas la piedra blanca brilla como si
estuviera bañada de polvo de diamantes, hondean banderas con el símbolo de la
Familia Real, la silueta de un unicornio en una postura elegante erguido sobre
sus patas traseras y las crines al vuelo. El Príncipe de Hyarmen pensó que
Isilmë tenía esa apariencia, elegante, fuerte y hermosa.
- Te
gusta mucho Isilmë, ¿debería ponerme celoso, ChangMin?
-
¡Linta!... –
El Príncipe Shim sonrió ante el pensamiento de su Grifo… - Isilmë es una criatura encantadora, pero tú eres mi Grifo, mi amigo y
confidente… - Dijo con sinceridad y vio la sombra de su Grifo pasar por
encima de ellos levantando el vuelo con una gracia digna de ser admirada.
- Númen es precioso, Príncipe Hayami… - El
menor Kim señaló con una sonrisa.
- Gracias, Príncipe Junsu… - El de tez
tostada inclinó suavemente la cabeza en gesto de agradecimiento.
El peliazabache sonrió al ver la curiosa
mirada de su prometido pasear por las calles, entretenido con los detalles
coloridos de sus locales públicos para el té o una tarde de juegos de mesa.
Bajó de su caballo y se unió a un juego donde unos jóvenes se divertían
corriendo a un lado y a otro por un recuadro de varios metros a lo largo y
ancho.
- Parece que al Príncipe Junsu le gustará
particularmente Númen.
- Hubo un tiempo en que en Rúnya también
era así, luego sus viajes con Narvinyë acapararon toda la atención de mi
hermano, Yunho-Melko.
Los Príncipes de Anarion detuvieron su
cabalgata a espera del castaño, pero de algún modo todos terminaron unidos en
el juego. Pronto aprendieron las reglas y se dieron cuenta de que en Númen la
gente trataba a la realeza con gentileza natural y al mismo tiempo como si los
títulos no existieran. La sensación de igualdad era por demás agradable.
Nënar, Narvinyë y Linta se habían alejado
hasta los bosques al sureste del reino, donde su ambiente húmedo no era tan
hostigoso. Nenya e Isilmë por su parte se habían quedado a un lado de aquella
explanada a espera de los Príncipes; cada criatura mágica conectada a su receptor. Los huevos de dragón se agitaron ocultos bajo los vientres de los
dragones. Nënar y Narvinyë elevaron sus cuerpos para observarlos, los
olfatearon y trataron una vez más de vincularse con ellos, pero los huevos de dragón no respondían a ellos,
se elevaron y emitieron sonidos extraños, como suaves chillidos y gruñidos
simples.
A la distancia, los Príncipes Kim
percibieron a sus huevos de dragón y
sintieron la urgencia de estar con ellos.
- ¡Nënar!
¡Narvinyë!
Ambos desplegaron sus pensamientos y
disculpándose con los otros príncipes, cabalgaron con prisas al encuentro casi
inmediato de sus dragones –ellos podían recorrer a gran velocidad grandes
distancias sobrevolando los cielos–. La gente que vio a las grandes bestias
aladas se sorprendió de su feroz apariencia. Los Príncipes Kim subieron a lomos
de sus dragones y cuando llegaron hasta el calor entre los árboles donde Linta
mantenía distancia prudente de los inquietos huevos de dragón.
Apenas Nënar y Narvinyë aterrizaron y los
Príncipes Kim bajaron de sus lomos, sus respectivos huevos de dragón se apresuraron en torno a ellos, dejaron de emitir
chillidos y gruñidos cuando ambos príncipes emanaron de las palmas de sus manos
un poco de su magia.
-
¿Qué les pasó?...
– El dragón rojo cuestionó al tiempo que acercaba su hocico a la altura de la
cabeza del castaño, olfateando y mirando detenidamente los huevos de dragón. Simplemente eran difíciles de contactar.
- No
lo sabemos, Narvinyë. Ellos todavía no hablan con nosotros… - El menor de
los Kim contempló a sus huevos de dragón,
movido por una gran curiosidad por entenderlos dejó emanar más magia de su
interior, buscando con su mente algún espacio en todo lo que es de dónde poder
conectarse a ellos… - Es imposible.
- Parecían
bebés reclamando la atención de sus madres. Algunas crías de Grifos se
comportan así al nacer, aunque no estoy seguro de que resulte de la misma
manera con ustedes los dragones.
- Es
una observación interesante, Linta… - Nënar comunicó al pelioscuro las
palabras del Grifo… - No recuerdo haber
tenido algún comportamiento así mientras estuve dentro de mi cascarón, pero las
memorias de los dragones al nacer se desvanecen casi por completo. Y estos
huevos de dragón definitivamente están vinculados a ustedes de una forma muy
particular.
- Quisiera
que nuestros padres pudieran darnos alguna respuesta… - El primogénito
suspiró con melancolía. Luego su hermano simplemente comenzó a cantar y él le
acompañó entonando una melodía suave y hermosa como el oleaje del mar.
Los huevos
de dragón se tranquilizaron del todo y volvieron a descansar sobre el suelo
entre pasto y hojas secas; pelioscuro y castaño se recostaron sobre los hombros
de sus dragones, que echados cuan largos y pesados son, también se habían
dejado encantar por el canto de sus receptores.
En tanto, Linta había hablado con el Príncipe Shim para asegurarle que todo
estaba bien, incluso había proyectado algunas imágenes del momento en la mente
de su receptor. A su vez, el morocho
se lo comunicó a su prometido, a moreno y peliazabache.
El Príncipe Jung como el Príncipe Park
primero sintieron alivio, luego una sensación de egoísmo –celos por la atención
de sus amados hacia sus dragones, los nacidos y los que aún habitan en sus
cascarones–; pero al final comprendieron que sus amados tenían grandes
responsabilidades que cumplir con sus huevos
de dragón.
- Será prudente que continuemos nuestro
camino. ¿Podrías decirle a Linta que los Príncipes Kim serán esperados en el
Palacio cuando decidan adecuado unírsenos? – El de tez tostada pidió a su
prometido, y luego todos siguieron adelante hasta llegar al Palacio.
……………………………
El Palacio lucía mucho más excelso de
cerca. La suave piedra blanca efectivamente destellaba como si estuviera
salpicada de polvo de diamantes. Los grandes portones de la entrada principal
habían sido tallados en madera fina y resistente, tenían en lo alto tallado el
símbolo de Númen en el idioma antiguo. Al entrar, una cuadrilla de guardias se
irguieron firmes y extendieron a lo alto sus espadas como un túnel de honor para
los Príncipes de Anarion. Cabalgaron a ritmo moderado, con Isilmë a la punta y
el Príncipe Shim montado en su lomo, a lado, el primogénito Mokomichi en su
caballo acanelado.
Se escucharon fanfarrias y el relinchido de
varios unicornios que salieron a su encuentro.
- Bienvenidos a Númen, Príncipes de
Anarion… - La voz del Rey Mokomichi Takuma irrumpió todo sonido. Los unicornios
se inclinaron con la misma reverencia que Isilmë realizó al morocho días atrás…
- Hayami.
- Padres… - El de tez tostada bajó de su
caballo y caminó hasta el Rey, quien aún montado en su caballo le sonrió cuando
su hijo se inclinó hasta el suelo en la reverencia más respetuosa de su reino.
- Largos días te han mantenido alejado de
tu Reino, Númen te ha echado de menos, hijo mío.
- Mi corazón le ha extrañado también y se
ha agitado emocionado al cruzar los portones de mi hogar.
- Gran alegría siento al escucharte,
Hayami. Ahora dime, ¿no eran cinco los Príncipes que te acompañaban?
- Los Príncipes de Rúnya nos acompañarán en
un momento, han tenido que atender un asunto inmediato. Espero no te moleste,
padre.
- Para nada. Vamos, tu madre y tus hermanos
esperan dentro, entremos todos.
El Rey hizo a su caballo dar media vuelta y
juntos cabalgaron por el camino bordeado de árboles de sakura. Cerca de cien
metros separaban del Palacio, cuando entraron en él, el Salón Principal los
recibió con melodías de instrumentos de viento. Doncellas tocaban y bailaban
con sus largos y amplios trajes de colores vivos, peinados sencillos con sus
negros cabellos recogidos en una coleta ataviada con accesorios finos. Esto era
el oriente y apreciada cultura de fiesta.
La Reina Nanami, hermosa y alegre les
recibió con una inclinación pronunciada a modo de respeto. Su largo cabello oscuro
caía a raudales más allá de su espalda baja, una cortina sedosa y brillante. Los
ojos rasgados lucían también de un color oscuro, y su piel era rosada. El vestido
era elegante, en colores verde y dorado.
- Bienvenidos a Númen, Príncipes de
Anarion. Ellos son nuestros otros dos hijos, nuestra bella Yumiko, y nuestro
preciado Kaminari.
La Princesa Yumiko era bella como su madre,
sus cabellos sin embargo no eran tan largos, al menos los mechones que
descansan al frente por encima de sus hombros no llegan más allá de su
clavícula; el resto está sujeto con un moño claro sobre su nuca. Se inclinó con
una expresión amable y sus ojos brillaron al ver a su hermano. El Príncipe de
Hyarmen tuvo la impresión de que la joven princesa quería correr y abrazar a su
hermano mayor.
El Príncipe Kaminari por su parte se limitó
a una venia, parecía más bien tímido ante la presencia de los Príncipes de
Anarion. Vestía elegante pero con un traje sencillo, pantalones holgados y
rectos de seda negra, la prenda superior era del mismo tono, pero tenía bordado
en su espalda la silueta de un unicornio con hilo de plata. Su vestimenta lucía
similar a la del Rey Takuma, excepto por la corona de piedras preciosas y el
cetro de casi la altura del monarca en cuya punta descansa un diamante,
brillante y con la forma de un prisma.
Los Príncipes de Anarion agradecieron el
recibimiento y aceptaron las copas de vino suave que les ofrecieron mientras
los invitaban a sentarse en amplios sillones acojinados. El primogénito
Mokomichi pronto fue acaparado indiscutiblemente por sus hermanos, Yumiko le
arrastró a las cocinas con el pretexto de ayudarle a cargar algo pesado, el de
tez morena se disculpó con sus invitados y sonriente siguió a sus hermanos. En tanto,
la Reina conversaba animadamente con el Príncipe Jung y el Príncipe Park, evitando
mencionar nada sobre los rumores que circulaban ya en los alrededores acerca de
su destierro de Rómen.
- ¿Le importaría tener una audiencia
conmigo, Príncipe Shim?
- Estoy a sus órdenes, mi Lord.
- Espero entonces que no le moleste la
presencia de Artamir… - Un unicornio atravesó el salón con elegante andar, la
cabeza en alto y las crines perfectamente peinadas hacia un costado. Era de
color predominantemente blanco, el hocico tenía tono grisáceo y su cola como
las crines tenían entremezclado el negro… - Sígame, por favor.
El morocho asintió y siguió sus pasos. Comprendió
que la presencia de Artamir era porque esperaba de él su sinceridad. Es imposible
–o casi– engañar a un unicornio. Entraron en un salón que se encontraba por un
pasillo a la izquierda del Salón Principal. El Príncipe Shim comparó aquel
salón con el que su padre usaba para las audiencias oficiales ante los
comerciantes y otros representantes de la vida económica de su reino.
- Me gustaría hacerle algunas preguntas.
- He de responder lo que deseé, mi Lord.
- Tengo entendido que a su salida de
Hyarmen se comprometió con mi hijo.
- Sí, mi Lord… - El morocho respondió,
curioso por saber cómo aquello fue de conocimiento del monarca cuando suponía
que el de tez tostada no había hablado en privado con él aún.
- ¿Por qué aceptó este compromiso con mi
hijo?
El Príncipe de Hyarmen dudó en su
respuesta, titubeó ante las palabras que querían emerger de sus labios. “Disposición de mis padres” no le parecía
el argumento que el Rey deseaba escuchar. Sin darse cuenta sus ojos viajaron a
los del unicornio, las profundas cuencas oscuras le atraparon al instante,
percibió la punta de su cuerno brillar y luego su boca pronunció la verdad en
su corazón.
- Él me gusta, mi Lord. Y cuanto más le
conozco, más descubro que mi corazón se agita particularmente emocionado y
contento cuando estoy a su lado.
El Rey sonrió y acarició el cuello de su
unicornio. El Príncipe Shim tomó conciencia de sus palabras y sintió sus mejillas
acalorarse.
- Bienvenido a la familia, Príncipe
ChangMin.
……………………………
Hacia el atardecer, los Príncipes Kim
arribaron al Palacio, los Reyes les recibieron con agrado. Y entonces ellos se
dieron cuenta una vez más de que nadie en los reinos que han visitado desde Tauremornalómë parecía haber
notado aún la partida de los Reyes de Rúnya. Sin rumores, sin condolencias. Era
extraño, pero al mismo tiempo les parecía premeditado. Después de comer un
poco, ambos príncipes salieron a caminar por los jardines del Palacio, cada uno
acompañado por su amado.
El primogénito Kim tenía demasiada
curiosidad respecto al comentario de días anteriores por parte del moreno. Pero
esperaba que así como le confesó el nombre de su Fénix y ser receptor de más de uno, le diera más
explicaciones por voluntad propia. Sin embargo, el Príncipe Jung parecía
simplemente interesado en disfrutar su estancia en Númen, compartir más
encuentros de espadas que terminaran en besos y la exploración de su cuerpo
como si no tuviesen un mañana.
El menor de los Kim caminaba con su mano
cogida a la del peliazabache, hablándole de lo extraño que se comportaban sus huevos de dragón y la sensación de que
sin previo aviso, ellos podrían nacer.
- ¿No es eso algo que sería bueno,
Junsu-Lissë?
- Lo es. Pero no puedo evitar esta
sensación de incertidumbre. No saber de dónde vinieron exactamente, o por qué
nuestros padres nunca nos hablaron de ellos. Hay muchas preguntas alrededor de los
huevos de dragón.
- Resolverás lo que tenga que resolverse. Las
dudas que tengas hoy, podrás comprenderlas mañana, Junsu-Lissë. Yo creo en ti.
- Gracias, Yoochun-Inya… - El castaño se
detuvo, sujetó con su mano libre el cuello del peliazabache e inclinándose un
poco hacia arriba, besó los labios de su amado con suma dulzura.
Durante la noche, antes de que el
peliazabache conciliara el sueño, Narvinyë contactó su mente pidiéndole que
saliera. El Príncipe Park salió a prisa a su encuentro.
- ¿Junsu-Lissë
está bien?
- Por
supuesto.
- ¿Y
los huevos de dragón?
-
También.
- Oh.
Entonces, qué quieres de mí, Narvinyë.
El dragón rojo exhaló humo y extendió las
alas agachando a la vez el cuerpo. El peliazabache le ha visto hacer esto cada
vez que su amado lo monta.
- Sube.
Te mostraré la espectacular vista de Númen de noche.
El peliazabache sonrió agradecido. Subió a
lomos del dragón rojo e hizo todo lo posible por seguir al pie las indicaciones
que le hacía. Volaba, por primera vez, montado en el dragón del hombre que ama.
Sentía el aire frío y húmedo de lo alto golpeándole el rostro, agitando sus
cabellos y hasta entumeciéndole los nudillos por la fuerza con que se sujetaba
a una de las puntiagudas púas de Narvinyë.
- ¡Sujétate,
Yoochun-Enta!
Entre la sorpresa de ser llamado por su
nombre y el aumento de velocidad y altura, el peliazabache se limitó a
disfrutar del momento. Del viento helado golpeando todo su cuerpo y la
sensación de libertad ahí arriba, con vista de sitios que nunca imaginó
siquiera podría ver.
- Aquellos
son los Bosques Polares, el Príncipe Hayami dijo que son peligrosos, Narvinyë.
- Y
no estamos volando hacia allá. Respetaremos los misterios de Númen. ¡Ahora
voltereta!
El peliazabache escuchó en sus pensamientos
la divertida risa del dragón rojo mientras hacía todas esas piruetas en el
aire. No se dio cuenta de sus propias risas ni de los gritos de emoción que
brotaban de su garganta. Pero más tarde cuando volvieron a tierra y consiguió
bajar del lomo del dragón rojo, notó lo húmeda que habían quedado sus ropas
ligeras –pues ya se había preparado para descansar– y lo frío de sus mejillas.
- ¿Quieres tibiarte, Yoochun-Inya? – La dulce
voz del castaño hizo voltear al peliazabache. Sonrió ampliamente y corrió hacia
su amado estrechándolo en un confidente abrazo.
Narvinyë rugió y echó algunas fumarolas de
humo. Pero esa vez no emitió comentario alguno.
- Yoochun-Enta
te agrada.
- ¡Cállate
Nenya!
- Estás
madurando, Narvinyë…
- El lobo rió en pensamientos y trepó a la cola del dragón rojo en tanto sus
receptores hacían más que besarse detrás de ellos.
- ¡Bájate
de mi cola, Nenya!
……………………………
Al amanecer, el Príncipe Hayami le mostraba
al Príncipe ChangMin más salones del Palacio, hacía un momento que habían
salido de la biblioteca, sitio por el cual el morocho se sintió genuinamente
atraído, pidiéndole volver más tarde y mostrarle los libros más interesantes de
su reino.
- Príncipe Hayami…
- Noerya… - El de tez tostada saludó a una
joven doncella que los alcanzó en uno de los largos pasillos.
- La Reina solicita su presencia en las
cocinas, Alteza… - La muchacha sonrió con tímidez. El morocho sintió una
punzada en el pecho al verle actuar de aquella manera. Podía ver en aquellos
ojos claros una confianza hacia su prometido que no le agradaba.
- Iré en un momento…
- La Reina insistió en que le acompañara si
usted manifestaba esa respuesta, Alteza.
El de tez tostada asintió. Su madre le
conoce bastante bien en realidad. Su “en un momento” podría haberse extendido
porque él quiere mostrarle todo acerca de su hogar a su prometido.
- ¿Puedes continuar sin mí?
- Claro.
- Si necesitas cualquier cosa, solo tienes
que pedírselo a cualquiera de los guardias o persona que veas en tu camino. Si sales
a los jardines, evita el Laberinto, es difícil salir de ahí la primera vez… -
El Príncipe Mokomichi sonrió y dando un breve beso en los labios de su
prometido, siguió a la doncella por otra serie de pasillos que conducen a las
cocinas.
El morocho siguió caminando por la
dirección en que iban antes de que su prometido le abandonara. Observó por los
ventanales a Isilmë y Nenya correteando en los jardines. Otros unicornios
estaban allí también, Yumiko y Kaminari también, jugando con Isilmë y Nenya. Al
Príncipe Shim le pareció curioso que esa vez el lobo no estuviese con el
peliazabache, tenía la impresión de que disfrutaba mucho más ahora estar junto
a la unicornio que con su receptor.
- Y probablemente también sea porque el
Príncipe Yoochun comparte su tiempo con el Príncipe Junsu de modos en los que
el lobo sabe que mantener la distancia es mucho mejor… - Habló para sí y
continuó su exploración por el Palacio. Pero ni bien habían transcurrido
algunos minutos se sintió solo. Vio a uno de los mayordomos deteniéndole para cuestionarle… - ¿Está prohibido que
cualquiera vaya a las cocinas del Palacio?
- No, mi Señor.
- ¿Le importaría llevarme?
- Por aquí, mi Señor.
Cuando llegaron a las cocinas, el morocho
vio a la doncella de antes junto a su prometido. Reía con él y buscaba sus
miradas, incluso roces discretos con sus hombros.
- ¡Querido! – La Reina recibió al morocho,
y aquello fue lo que hizo al de tez tostada percatarse de su presencia… - ¿Pero
qué es lo que hace aquí, Príncipe ChangMin?
- Necesitaba un vaso de agua… - Se excusó. Recriminándose
mentalmente por lo absurdo que sonaba aquello.
- Claro que sí… - La Reina Nanami sonrió
con complicidad, le ofreció un vaso de agua y luego le cuestionó acerca de su
habilidad en las cocinas.
- No las visitaba a menudo, mi Lady.
- Oh, pero sé que eres hábil con las manos.
No por nada traes siempre contigo tu espada. ¡Hayami, querido! – La Reina llamó
a su hijo, aunque el de tez tostada ya estaba más cerca de lo que parecía… -
Ven aquí y ayúdame a mezclar los ingredientes para el pan, tu prometido te
ayudará.
- Yo…
- Noerya, ven conmigo al huerto…
- ¿Te aburriste del Palacio?
- No es eso.
- Me halaga que hayas sentido celos,
ChangMin-Írima… - El de tez tostada sonrió provocando un tenue rubor en las
morenas mejillas de su prometido.
Pero lo que ocasionó un intenso sonrojo en
el rostro del Príncipe de Hyarmen fue sentir las manos de su prometido en el
fondo de la mezcla de harina, leche y otros ingredientes que no vio cuando
vertieron en el amplio recipiente. Había algo en la forma en que rozaba sus
manos y la mirada de su prometido que hizo desbocar a su corazón.
- Hayami-Indil…
Continuará……
GLOSARIO
Artamir. Joya Noble.







