ISTAR
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Décimo-cuarta Parte
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Tauremomalómë
Nënar y Narvinyë sintieron el dolor
apoderándose del alma de sus receptores e
irremediablemente levantaron el vuelo. Tenían que atravesar la espesura del
Bosque Oscuro.
Ahí dentro, los Príncipes Kim sentían un
ardor que les corría de pies a cabeza, un dolor punzante que aguijoneaba en sus
corazones. La pérdida de sus padres se sentía como un vacío infinito capaz de
enloquecerlos, de lanzarlos a un abismo sin fin sumido en oscuridad, locura y
dolor. Este sentimiento tan penetrante calaba hondo en las capas más ínfimas de
sus almas, amenazaba con desentrañar hasta el último hilo de pensamientos y
reducirlos a guijarros de primitivas sensaciones. Todo esto era parte de su
esencia, hijos de los seres mágicos más poderosos conocidos en Anarion, esencia
mágica casi equiparable a la de los dragones y la principal razón por la que
solo Elfos y Ninfas tenían la facultad de vincularse con aquéllas temerosas
bestias.
Pero era el dolor a la muerte inesperada la
que hacía tal estrago emocional en los Príncipes Kim. Sus dragones lo saben, y
hay entonces un efecto en el vínculo compartido desde su nacimiento -humano y
bestia- que impulsa a los dragones a avanzar, a desgarrar sin miramientos la
barrera de frondosos y fuertes ramajes en su afán y necesidad de llegar hasta
los príncipes.
Abajo, entre las penumbras del bosque, los
príncipes de los otros cuatro reinos se quedaron a la expectativa de lo que sus
ojos miraban, un hecho sin precedentes, un suceso único y desgarrador. El
lamento que salía de labios de los Príncipes Kim sonaba como una melodía de
profunda tristeza que atravesaba el Bosque Oscuro y parecía capaz de llegar más
allá de Tauremomalómë y llenar los huecos de toda Anarion, cada piedra, cada
río, cada árbol, cada ave en los cielos, lobo, tigre, corcel y cualquier animal
terrestre hasta en los desiertos del norte, podrían cimbrarse y escuchar este
lamento. Anarion parecía consciente de la muerte que oscureció Rúnya.
Los príncipes Kim habían desmontado de sus
caballos y caído de rodillas sobre el suelo ahuecado por los huevos de dragón
que cayeron del cielo. Ellos sabían claramente lo que esto significaba, lo que
el grito que desgarrara anteriormente sus gargantas quería decir. Acariciaron
la superficie suave de los huevos de dragón mientras el llanto seguía corriendo
por sus mejillas y al mismo tiempo en que sus dragones atravesaban desde las
alturas el bosque justo encima de ellos. Fuego, garra y colmillo reduciendo a
cenizas, astillas y troncos inutilizados todo a su paso. Nada de aquello caía
sin embargo sobre el espacio donde los seis príncipes se encontraban pues los
soberanos de Rúnya, aún en su profundo penar, mantuvieron una barrera telepática
alrededor y por encima de ellos resguardándoles de todo peligro.
Cuando Nënar y Narvinyë finalmente tocaron
suelo replegando sus membranosas alas, los Príncipes Kim corrieron a su
encuentro fusionándose a ellos en un particular abrazo de amistad y
comprensión. Las manos de los Príncipes Kim se aferraron al cuello de sus
dragones y sus rostros se escondieron contra la suave piel debajo de ellos. A la
distancia, el Príncipe Yunho y el Príncipe Yoochun permanecían con recato y
ansiedad a la espera, ellos también querían comprender lo que pasaba y apoyar a
sus amados, les dolía en el pecho el lamento de los Príncipes Kim pero la
incertidumbre del motivo por el que este había brotado de sus labios no les
dejaba espacio para acercarse. Envidiaron sí, con vergüenza, el lugar de los
dragones, tanto más vinculados a los Príncipes que ellos aman de lo que están
unidos ellos.
- ¿Qué crees que sea? – El Príncipe de
Númen cuestionó en tono bajo a su prometido, el príncipe morocho le miró de
lado y luego señaló con cautela las piedras
incrustadas en el suelo alrededor de los Príncipes Kim y sus dragones… - ¿Son
lo que parecen?
- Nunca he visto en persona un huevo de
dragón, pero hay bocetos de ellos en muchos libros de la historia de Anarion… -
El Príncipe Shim respondió, compartiendo aquellas conclusiones en susurros que
esperaban no importunaran el obvio penar de los Príncipes Kim.
Pasó largo tiempo hasta que los Príncipes
de Rúnya cedieron el abrazo con sus dragones, separarse y volver sus miradas
llorosas a los huevos de dragón, todos ellos se sacudieron como si respondieran
a alguna especie de llamado, luego los ocho huevos de dragón se levantaron del
suelo flotando delicadamente hacia los Príncipes, cuatro de ellos rodearon a
cada uno.
- Han
elegido a sus “madres”… - Nënar dijo, observando con cariño los cuatro huevos
de dragón que flotaban alrededor del Primogénito Kim.
-
Nuestros padres usaron lo que les quedaba de vida para enviarlos hasta
nosotros. ¿Por qué no pudieron dejarles en Rúnya?...
- Jaejoong-Vanima… - el susurro cauto del Príncipe
Jung interrumpió los pensamientos del pelioscuro.
Sus grandes ojos negros se clavaron en los cafés
del de tez morena. No hubo necesidad de más palabras ni de cuestionamientos; el
Príncipe Jung lo comprendió todo con solo ver en lo profundo de aquellas
pupilas cargadas de dolor. El Príncipe pelioscuro caminó hasta él y se abrazó a
su cuerpo, finas gotas saladas volvieron a resbalar por sus mejillas, aunque no
tan raudas como hace unos instantes.
Del mismo modo sucedió con el menor de los
Kim y el Príncipe Park, cuyo estrecho abrazo fue respetado silenciosamente por
Narvinyë. El dragón vio –no sin cierto aire receloso– que los sentimientos del
peliazabache por el castaño eran puros y sinceros, la forma en que le acunaba
entre sus brazos y acariciaba su espalda o sus castaños mechones, le decían que
más que instintos, Park Yoochun tenía profundos sentimientos por Junsu.
El Príncipe Shim entrelazó sus dedos con
los del Príncipe Mokomichi, como si aquel gesto fuera suficiente para acompañar
sin interrupciones a los Príncipes Kim en este dolor que ahora quedaba claro
para todos.
Del otro lado del Bosque oscuro, Nenya y Linta
aguardaban el regreso de todos, no había sido necesario internarse en el bosque
cuando sus respectivos receptores les
dejaron saber que todo estaba bien. Cerca del anochecer los Príncipes siguieron
el camino en un particular silencio respetuoso por la partida de los Reyes de Rúnya.
--//--
Gabilgathol
En la línea fronteriza con el reino del
Este, a tres días de haber salido del Bosque Oscuro, los Príncipes de Anarion
continuaban su camino hacia Rómen. El Príncipe Park comenzaba a sentirse
sumamente inquieto ahora que estaban a unas horas de camino de su hogar.
- No
pensé que llegaría el día en que desearía no llegar a mi propio reino.
- Te
sientes así porque sabes que a tu llegada tus padres retomarán el tema aquel
que quedó pendiente cuando les anunciaste que partías a Rúnya. Ellos no estaban
de acuerdo pero tú tuviste tu momento de rebeldía. Oh, y huías también.
- No
hacía falta que lo mencionaras, Nenya.
-
Necesitas que lo haga aunque no quieras escucharlo, ya bastante complicado
estás por enamorarte de Junsu-Enta, Yoochun-Enta.
El peliazabache frunció el entrecejo, es
consciente de su estatus, de lo que le espera en su hogar. Pero también lo está
de lo que siente por el Príncipe Junsu. Su Junsu-Lissé. Por eso no podía dar marcha
atrás ni resignarse a lo que sus padres esperan de él. Afianzó las riendas de
su caballo y suspiró pesadamente, el aire en sus pulmones se sintió demasiado
caliente, lastimándole los pulmones y condensándose en la caja torácica. No, no
era el aire que respira, sino la incertidumbre de sus atrevidas decisiones.
- Yoochun-Inya… - la voz suave del castaño
le arranca de sus pensamientos… - ¿Estás bien?
Su pregunta toma al Príncipe Park
desprevenido. La ternura y la preocupación mezcladas en sus facciones le hacen
sentir un pinchazo de culpa. Ahí está su amado cuestionándole aquello cuando es
él quien debiera preocuparse por el estado emocional del castaño, ha sido él
quien perdió recientemente a sus padres sin la oportunidad de despedirse, de
verles una última vez, de abrazarles o sonreírles, de besar sus mejillas o
llorarles al decir adiós.
- Estoy bien, Junsu-Lissé… - El
peliazabache le sonrió. Genuinamente desde el fondo de su alma.
Su gesto fue suficiente para que el menor
de los Kim relajara su rostro, cabalgó más aprisa movido por la curiosidad de
las flores silvestres que crecen a los lados del sendero. Pese a la pérdida
reciente, el castaño todavía resplandecía con alegría. Eso aliviaba tanto al
Príncipe Park como al primogénito Kim.
- Yoochun-Enta,
¿cuándo vas a decírselo?
- No
tengo por qué decirle nada, Nenya.
- En
una semana estarás cumpliendo los 21, sabes que no podrás evadir tu
responsabilidad entonces. Tendrás que casarte, Yoochun-Enta.
-
Todavía estoy pensándolo.
- Los
reyes no te dejarán “pensarlo”. Será una suerte que los encuentres de buen
humor luego de que desobedeciste sus órdenes cuando marchamos hacia Rúnya hace
ya más de tres meses.
-
Nenya, no me hagas pensar en esto, por favor. Ni siquiera tengo fuerza para
llegar a nuestro hogar, sigo espoleando el caballo solo porque tengo que llegar
a Rómen, pero en estos momentos mi corazón no está convencido de hacerlo.
El lobo entonces comprendió la encrucijada
en que su receptor se encuentra, y
sintió pena por él. Quizá si tuviese
el mismo valor que mostró el Príncipe Mokomichi en Hyarmen la historia sería
diferente, pero eso no podía saberlo. Confía en que su amigo peliazabache tome
la decisión que le dicte su corazón, pero sabe que cuando lo haga, tal vez los
Reyes de Rómen no estén felices de ello.
……………………………
A un día de camino hacia la entrada a
Rómen, los Príncipes de Anarion acamparon una última noche. Los Príncipes Kim
no se separaban de sus huevos de dragón, los acariciaban de vez en cuando y
susurraban para ellos frases en un idioma antiguo que no podían entender los
demás. Y mientras ese intercambio de palabras
sucedía, nadie les interrumpía, mantenían la distancia y dedicaban sus tiempos
a otras cosas. El Príncipe Park caminaba con Nenya entre aquellas tierras que
le eran por demás conocidos. Eran parte ya de los dominios de su reino, sitios
que él exploró desde niño y que le traen más de mil recuerdos. Algunos incluso
traen a sus pensamientos al Príncipe Junsu.
El Príncipe Jung, por su parte, se dedicaba
a practicar con su espada, procurando vaciar todo pensamiento de su mente,
limitando como lleva haciéndolo desde que salió de su reino, todo intento de su
Fénix por vincular sus mentes.
Por su parte, los Príncipes de Hyarmen y
Númen, se sentaban a dialogar. A conocerse, aunque el tema principal de la
comunión de sus vidas aún no lo hubiesen abordado. Esa noche, mientras el
Príncipe Shim tomaba un baño en un arroyuelo cerca de allí, su congénere dejó
fluir su magia hasta encontrarse con la mente de su unicornio.
- Qué
es lo que te inquieta, mi amado Hayami.
- No
le he preguntado cómo se siente acerca de estar comprometido conmigo. Y él
tampoco lo ha mencionado. Qué debiera hacer, Isilmë.
-
Preguntarle parece justo, mi amado Hayami.
-
Temo que haya confesiones que no me agraden.
- Tus
temores sin embargo, no te han detenido nunca hasta hoy, mi amado Hayami, y he
vivido contigo suficiente tiempo para saber que no será esta la primera vez en
que sea así.
Cuando el vínculo fue desapareciendo hasta
convertirse en un finísimo hilo de pensamientos fugaces, el de tez tostada se
levantó y caminó un poco por los alrededores. Vio a los Príncipes Kim cantando
a sus huevos de dragón, y a Nënar y Narvinyë echados junto a ellos, con los
ojos cerrados y un quieto respirar. Cerca del arroyuelo se detuvo, desde donde
estaba podía ver a Linta sentado sobre sus patas traseras y las alas brillando
por el agua que había aún en ellas, de vez en cuando las agitaba y mantenía
extendidas como si así se secaran más rápido.
- Por qué no terminas de acercarte… - La
voz del morocho le hace salir de sus pensamientos.
El de tez tostada vio a su prometido salir
del arroyuelo con una manta cubriendo su cuerpo, pero aún goteaba su cabello y
más hilos de agua fresca corrían por su rostro y cuello hasta perderse entre la
prenda.
- ¿Linta Herunhyarmen
te ha
dicho que estoy aquí?
- He escuchado tus pisadas acercarse, luego
te detienes y observas a mi Grifo. Parece que te sigue sorprendiendo todo
acerca de él.
- En realidad sí, espero no le incomode.
El Príncipe Shim acarició la melena de su
Grifo y sonrió suavemente.
- No. Linta dice que le halaga tu mirada. Aunque
teme que eso me ponga celoso… - El morocho susurró.
- Es muy diferente la forma en que lo
observo a él y como te observo a ti, ChangMin-Írima.
Las mejillas del Príncipe Shim se tiñeron
profusamente de rubor cuando aquella palabra se asoció a su nombre. Le recordó,
que ahora es prometido del Príncipe Mokomichi.
- Hayami-Indil, le pido solemnemente que no
diga palabras que me hagan avergonzar tanto ante usted, es ahora mi prometido y
siento que cuanto más tiempo paso a su lado, más confuso hace mi mundo. Antes de
usted pensaba que mi vida estaba resuelta, ahora no sé exactamente hacia dónde
van mis pasos. No puedo entender siquiera por qué pidió a mis padres que me
comprometieran a usted, si fue solo una alianza entre reinos y las ventajas ante
una posible guerra…
- Ha sido esa la excusa que expuse ante sus
padres, he de admitir, ChangMin-Írima. Pero no la razón que motivó tal petición
hacia ellos.
- Dígame entonces con claridad lo que ha
sido, Hayami-Indil.
- Me gusta, ChangMin-Írima. Mi corazón
palpita por usted con tanto amor que no puedo pensar en un solo día más sin
usted.
El Príncipe Shim sintió todo su rostro
arder ante tal declaración. Nunca antes le había sucedido algo así. Y esto no
es algo para lo que su intelecto le pudiese haber preparado nunca antes. Linta
agitó las alas y lanzó un sonido como el canto de un ave, un cóndor quizá. Parecía
satisfecho con las palabras del prometido de su receptor, y en pensamientos lo aprobaba. Pero el morocho seguía
estático en su sitio, sin hablar, sin poner en orden sus ideas.
- Es
el momento adecuado para besarle, mi querido ChangMin.
-
¡Q-qué!
-
Bésale. Es tu prometido y también quiere besarte, pero no lo hará porque no
quiere presionarte más de lo que siente ha hecho al comprometerte con él.
-
Linta, nunca he besado a nadie.
-
Entonces el beso será aún más perfecto para ambos… - Linta empujó con su
cabeza al morocho, acercándole esos pocos pasos que aún había entre ellos.
Entonces el Príncipe Shim optó por actuar
más que pensar. Salvó la distancia entre sus rostros y le besó. Sencillo y
dulce, aunque algo torpe para los dos.
--//--
Reino de Rómen
Cuando los Príncipes de Anarion comenzaron
la cabalgata a través del camino principal del reino, la gente a su paso no les
hacía las reverencias ni la algarabía que experimentaron en Hyarmen. La gente
aquí murmuraba por lo bajo y se hacía a un lado. El Príncipe Park se sintió
avergonzado, pero las cosas eran así en su reino. Cuando él se marchó a Rúnya
en contra de la voluntad de sus padres, de alguna forma dejó caer un estigma
sobre su persona. Un error más, una desobediencia agregada a su lista de
rebeldías, podría mandarle al exilio.
- Yoochun-Inya…
- Estoy bien, Junsu-Lissë, por favor no te
preocupes por mí.
Sin embargo, cuando entraron al Palacio,
los reyes de Rómen parecían sumamente disgustados con su hijo. Primogénito como
los demás, tenía responsabilidades predictivas que cumplir.
Continuará……
GLOSARIO
Írima: "amable, digno
de ser querido o amado”
Indil. Terminación que
implica devoción o amor desinteresado hacia otra persona al que se está unido
por propia iniciativa.







