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sábado, 8 de junio de 2013

ISTAR Parte 24



ISTAR
~*~
Vigésima-Cuarta Parte

~//~

Desiertos Polares


Nënar y Narvinyë llevan los huevos de dragón en sus garras delanteras, custodiados en el calor de las rugosas palmas. Las potentes alas se agitan una y otra vez al vuelo llevándoles a prisa hacia los límites con los Desiertos Polares. Las enormes bestias rugieron y lanzaron una gran llamarada de fuego de sus gargantas, a la distancia los Príncipes de Anarion y sus criaturas mágicas alcanzaron a notar las flamas romper a través de los oscuros cielos.

Isilmë, Linta y Nenya se inquietaron de pronto. Había algo en el aire que los tensaba y ponía todos sus sentidos en alerta. Unos cuantos kilómetros separaban el camino de las frías puertas de los Desiertos Polares; y aún a aquella distancia, el helado viento ya comenzaba a resentirse.

- No se siente como cuando entramos hace años, mi amado Hayami.

- Lo sé, Isilmë, mantén la guardia.

El Príncipe Hayami se irguió sobre el lomo de Linta aguzando la mirada hacia el azulado paisaje virgen que se distribuía ante sus ojos; pese a la oscuridad de la noche, la luz de la luna clarificaba suficiente la visión de todos permitiéndoles apreciar el camino por el que andaban. Las ventiscas que acarician las dunas dejan una estela de polvo nevado que desde allí podía parecer también niebla o el remache de una tormenta de nieve.

- No deberíamos entrar, mi estimado ChangMin.

- Los dragones ya han llegado. Tenemos que hacerlo, Linta.

La inquietud recaía sobre el Príncipe de Hyarmen y su Grifo del mismo modo en que lo hacía en los otros príncipes y sus criaturas mágicas. Parecía como si estuviesen a punto de entrar a un pasadizo oscuro sin tregua a mirar atrás ni señal alguna de hacia dónde van.

Nenya mantuvo sus pensamientos al margen, siguiendo el galope de los caballos dirigidos por los Príncipes Kim, con el peliazabache y el moreno apenas unos pasos detrás de ellos mirando todo a su alrededor con recelosa cautela.

El Príncipe de Formen había estado aquí esta mañana con Súrion, su Fénix real, el que se había vinculado a él por voluntad y no por un hechizo que al moreno le resultan por naturaleza eficaces y potentes. Controlar a un Fénix no es sencillo para cualquier mago, incluso si éste es de Formen, el reino sobre el que las aves de fuego tenían predilección y donde los magos eran enseñados en determinadas artes de la magia. Sin embargo, todo lo que el moreno tenía en mente en esos momentos era el recuerdo de su encuentro con el Fénix, la advertencia que había recibido y que todavía atravesaba tan hondo en su corazón como el frío le calaba los huesos. Pasar por los Desiertos Polares había sido su idea, quería averiguar si alguno de los misterios que están en torno a este lugar podían darle a él alguna claridad o ventaja contra su propio pueblo.

En Formen los libros contenían tanto conocimiento como las mentes de los más ancianos, los que conformaban el círculo de los Sabios del Consejo Real. Al Príncipe Jung no le llamó particularmente la atención la lectura, pero tenía esta habilidad para vincularse a algunas mentes –no a todas ni a cualquiera, a diferencia de la conocida telepatía de los Elfos y Ninfas, así como del Príncipe Junsu– y algunos conocimientos terminaron vaciados en su mente cuando se sumergió en los sueños de los ancianos; sospechaba ahora que esta habilidad fue tal vez en parte culpable de la facilidad con que el Príncipe Jaejoong se coló en sus sueños anteriormente, sin embargo no podía culpar del todo a aquellos encuentros oníricos de sus sentimientos por el pelioscuro, porque aunque hayan sido poco menos que ilusiones vagas, el que el primogénito Kim se le clavara en el corazón había sucedido realmente durante estos tiempos de convivencia, desde que pudo ver realmente en sus grandes ojos negros la grandeza de su magia.

El moreno desconectó sus pensamientos de recuerdos y análisis innecesarios, no podía permitirse flaquear de nuevo y que cualquiera de los Fénix que estaban vinculados a su mente llegaran haciendo estragos en su debilitada conciencia.

El espacio que separa los coloridos bosques tropicales de Númen y los Desiertos Polares está flanqueado por un kilómetro de campo árido, moteado de nieve y piedras negras porosas. Las ventiscas ahí no soplan tan fuerte pero todavía son lo suficientemente frías para helarles las mejillas y las manos que sujetan las riendas de los caballos, las crines de Isilmë o la melena de Linta. El aliento de humanos y criaturas mágicas se congelaba al ser exhalado y conforme se acercaban a los Desiertos Polares la temperatura descendía más y más.

- Junsu, ¿puedes darnos un poco de calor? – El primogénito Kim pidió a su hermano.

El castaño asintió y dejó fluir su magia. Su cuerpo resplandeció por un instante con un haz de luz en un tono nacarado brillante que así como emergió, desapareció. Sin embargo, la compañía sintió una calidez agradable rodearles y protegiéndoles del inclemente clima que les recibió al llegar a los Desiertos Polares.

Allí a donde la vista llegara se extendían páramos de campos congelados por siglos enteros. Dunas perfiladas con natural precisión dándole toques ópticos que encantaban como engañaban. En las líneas fronterizas se alzan picachos (torres que terminan en punta de prisma) de nieve congelada, cada ángulo perfectamente trazado como si hubiese sido pensado de aquella manera en un ambicioso gesto de belleza.

Cuando la Compañía se detuvo a unos cien metros de lo que está considerado como la entrada en los Desiertos Polares, notaron a los dragones que sobrevolaban en círculos por encima de ellos sin cruzar aún las líneas fronterizas.

- Los huevos de dragón se han calmado totalmente, y francamente no sé si es buena señal o no, Jaejoong. No percibo nada viniendo de ellos.

- Van a eclosionar.

- ¿Cómo lo sabes?

- Solo lo sé, Nënar. Como hemos sabido muchas otras cosas viniendo de ellos.

- ¿Por qué aquí? – El dragón rojo se estabilizó manteniéndose estático en el viento con la mirada dirigida hacia los Desiertos Polares. El dragón azul cromado imitándole.

- Eso es algo que sabremos probablemente hasta que nazcan, Narvinyë… - El menor de los Kim respondió, con esa seriedad atípica que conseguía que los pensamientos del peliazabache se agitaran incómodos. Para el Príncipe Park, su amado era como un ángel, una criatura que jamás debería ser lanzado a las injurias de la naturaleza humana porque todo lo que saldría de ello sería su impureza.

- ¿Entonces simplemente entramos? – Narvinyë cuestionó.

Los Príncipes Kim intercambiaron una mirada. Esta parada no estaba planeada en su viaje hacia Formen apenas hace unos días, pero cuando salieron de los dominios del Reino de Númen, los huevos de dragón se agitaron ruidosamente y una sola palabra en el lenguaje antiguo cobró vida entre los sonidos que resonaron en el viento. Helcaraxë. Y los Príncipes comprendieron que sus huevos de dragón eclosionarían allí.

- Ustedes no, solo Junsu y yo con los huevos de dragón. Baja y entregámelos, Nënar… - El primogénito Kim dijo con templanza.

- Ir allí ustedes dos solos, no.

- Nënar, es necesario que se haga así.

- ¡No!  - Rugieron ambos dragones, precipitándose en picado hacia abajo, suspendiéndose con sorprendente precisión a un metro del suelo, dejaron los huevos de dragón sobre el escarpado camino entre tierra, rocas y nieve y luego aletearon un par de veces antes de aterrizar con un sonoro golpe que hizo cimbrar los suelos, replegaron las alas y estiraron sus largos cuellos para confrontar la mirada de sus receptores… - Estás consciente de que esto es una locura, Jaejoong.

- Estoy consciente de que es así como debe realizarse. – El Primogénito Kim comentó con la misma entereza.

- De ninguna manera te permitiré entrar ahí solo, Junsu. – Narvinyë rebufó lanzando fumarolas por sus fosas nasales. El castaño no titubeó.

- Iremos, Narvinyë. No es algo que estemos cuestionando, se hará así.

El peliazabache intentaba con todas sus fuerzas comprender lo que estaba sucediendo, pero pese a su vínculo con el dragón rojo y su amado, ellos bloqueaban aquellos pensamientos para su conciencia. Nenya tampoco podía acceder aunque empujara con su mente las barreras que el dragón rojo irguiera impidiéndole traspasarlas.

El dragón azul cromado rugió entonces con tal fuerza que todos tuvieron que cubrir sus oídos del estruendoso sonido que incluso estremeció sus cuerpos con una extraña sensación de punzadas que aguijoneaban por toda su piel. El Primogénito Kim frunció el ceño y empujó su mente contra la de su dragón mandándole controlarse, Nënar rebufó y con indignación se dio media vuelta avanzando más allá de donde los huevos de dragón habían sido depositados por ambos dragones. Se echó sobre el escabroso suelo y con sus afiladas pupilas centellando como dos flamas del sol refulgieron su contenida ira. Detestaba la idea de permitir que su receptor entrara solo en los Desiertos Polares.

Por su parte, el dragón rojo acercó su rostro totalmente al del castaño, sus ojos rojos como las entrañas de Anarion captaron la imagen del menor Kim, el escaneo que las pupilas realizó no dejo tranquila a la bestia, pero como su congénere, dio media vuelta yendo a su lado.

- ¿Qué significa todo esto? – Finalmente aventuró el Príncipe de Númen.

- Mi hermano y yo entraremos en los Desiertos Polares, ustedes deben permanecer aquí, o pueden continuar el camino hacia Formen, les alcanzaremos en cualquier momento… - El primogénito respondió en tanto él como el castaño caminaban hasta sus huevos de dragón para colocarlos en las bolsas que colgaban de la montura de sus caballos.

Yoochun protestó, y Yunho en consecuencia cuando comprendieron lo que sus amados pretendían. Entrar solos en los Desiertos Polares preocupó a todos los príncipes, a las criaturas mágicas también, aunque ya los dragones habían desistido de hacer a sus receptores cambiar de opinión.

- Jaejoong-Vanima, es una locura que quieran entrar solos allí. Los rumores acerca de los misterios de los Desiertos Polares…

- Sé tanto como tú acerca de eso, Yunho-Melko; pero es necesario que se haga de esta manera, por favor no te preocupes por mí, no sigas subestimando mi magia.

- ¡No es por subestimarte! – Exclamó sintiéndose abrumado por sus propios silencios, por las razones que le llevaron desde un principio a Rúnya.

- Entonces solo confía en mí como yo he confiado en ti desde que salimos de Rúnya.

Las miradas compartidas entre los amantes no tranquilizó sin embargo el corazón del moreno. Sentía que mientras más se aproximaban al destino final, nuevas pruebas sometían la voluntad de su corazón. Un corazón que no era del todo suyo, contaminado por los ambiciosos deseos de su padre y el amor hacia Jaejoong, un amor loco que todavía parecía desenfrenar sus pensamientos y los raciocinios. El Príncipe Jung de pronto se dio cuenta de que durante probablemente toda su vida, nunca ha hecho algo que realmente quiera hacer.

- Mi corazón se niega en dejarte ir, y mis pensamientos no son estables; pero he de confiar en ti, Jaejoong-Vanima.

- Y te lo agradezco con el alma, Yunho-Melko… - El primogénito Kim sonrió en muestra de sus palabras, se acercó al moreno y besó sus labios brevemente.

- Yoochun-Inya…

- No esperes recibir de mi parte las mismas palabras que el Príncipe Yunho le ha dicho a tu hermano. Junsu-Lissë, me preocupa el hermetismo que ustedes dos manifiestan, incluso Narvinyë y Nënar parecían en desacuerdo.

- Yoochun-Inya. No siempre podemos hacer las cosas que deseamos, tú mejor que nadie puede comprenderlo. Nuestros huevos de dragón van a eclosionar, y tiene que ser ahí. Pero no quieren la presencia de nadie más que nosotros. No me preguntes cómo lo sabemos porque lo único que puedo decirte es que tiene que ser así.

- Siento que el pecho se me oprime y me duele el corazón.

- Vamos a estar bien, nuestros dragones solo van a nacer.

- Es solo que no lo comprendo. Nada desde que esos huevos de dragón aparecieron en Tauremornalómë, ni por qué todos parecen responder solamente a ustedes dos.

- Sé que eso es parte de tu temor por dejarme ir, pero Yoochun-Inya, mi hermano y yo hacemos esto por Anarion, no es solo un capricho.

El Príncipe Park asintió, abrazó a su amado con fuerza y aspiró el aroma de su piel besándole castamente sobre el cuello.

- Cuídense, Junsu-Lissë.

Así fue como los Príncipes Kim emprendieron su propio camino dentro de los Desiertos Polares. Los Príncipes Jung y Park no estaban conformes, pero acataron la decisión de sus amantes sin oponer más resistencia. Los dragones lanzaron poderosas llamas de sus gargantas exactamente en el momento en que los Príncipes Kim traspasaron la barrera de los picachos que se levantan a la entrada de los Desiertos Polares. Las flamas doradas eran un espectáculo en aquella fría noche, parecía la muestra de un poder superior que aún esperaba por ser sometido a pruebas finales.

- Se siente extraño… - El príncipe de Hyarmen murmuró, sentado sobre unas mantas que colocaron sobre una roca, Linta detrás de él le ofrecía calor y el respaldo blando de su costado, junto a él se sentó Hayami, y echada junto a ellos Isilmë.

- Ellos estarán bien. Isilmë y yo sobrevivimos una vez hace años, lo harán con seguridad también.

- Linta dice que hay algo alrededor que no le tiene tranquilo, Isilmë tampoco se ve precisamente conforme con esta parada; y obviamente los dragones también se resistían.

- ChangMin-Írima, si los Príncipes Kim insistieron en hacer esto solos, nosotros tenemos que respetarlo.

- Y lo hacemos, Hayami-Indil, por eso estamos aquí, solo esperando a su regreso.

………………………………

Minutos más tarde, el Príncipe Jung intentó esquivar el campamento improvisado por todos, pero cuando se había alejado por un lado cerca de cien metros, el dragón azul cromado le salió al paso, bufó e inclinó el rostro hasta que su hocico golpeó el torso del moreno haciéndole caer hacia atrás sin demasiada fuerza.

- Nënar…

- Si tuvieses la facultad para escucharme sabrías lo cabreado que me encuentro ahora, estúpido Príncipe de Formen.

- No pretendo interferir en la misión de los Príncipes Kim, así que solo déjame pasar… - El moreno se levantó pero aunque quiso seguir su camino, esa vez fue la garra del dragón la que le lanzó varios metros hacia atrás… - ¡Maldición! – Se quejó el Príncipe cuando notó que por el frío el dolor de la caída se resentía más en su espalda.

- Sé que no pretendes interferir en la misión de Jaejoong y Junsu. Sé que lo que quieres es reunirte con tus Fénix, puedo sentir la presencia de tres de ellos a un par de kilómetros de aquí. – Nënar rebufó nuevamente, exhalando una serpiente de fuego de su garganta.

- No puedo entenderte, Nënar. Pero si lo que quieres es someterme a alguna prueba como la que Narvinyë le realizó al Príncipe Yoochun antes, adelante, no pienses que tu apariencia me impone más allá de lo que me imponen los Fénix.

El Príncipe Jung levantó la mirada buscando los penetrantes ojos del dragón azul cromado. Las pupilas ardientes como llamas del sol claro que podrían intimidarle, pero él no podía darse este lujo ahora. Tenía que reunirse con Súrion y otros dos de sus fénix, aunque Rámainen no pudiera contarse entre ellos. Nënar sin embargo no estaba dispuesto a dejarle pasar, no confía en Formen y por tanto no puede confiar en el Príncipe Jung. Aunque no tenga pruebas claras en su contra, tampoco las tiene para estar a su favor. Y es un dragón, instintivo por naturaleza, motivado por los impulsos a los que le instan las memorias de su raza. Y hasta que Jaejoong y Junsu no regresen con sus dragones nacidos, él no le permitirá pasar.


Continuará……



GLOSARIO

Helcaraxë. "Hielo Crujiente"