ISTAR
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Vigésima-Cuarta Parte
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Desiertos Polares
Nënar y Narvinyë llevan los huevos de dragón en sus garras
delanteras, custodiados en el calor de las rugosas palmas. Las potentes alas se
agitan una y otra vez al vuelo llevándoles a prisa hacia los límites con los
Desiertos Polares. Las enormes bestias rugieron y lanzaron una gran llamarada
de fuego de sus gargantas, a la distancia los Príncipes de Anarion y sus
criaturas mágicas alcanzaron a notar las flamas romper a través de los oscuros
cielos.
Isilmë, Linta y Nenya se inquietaron de
pronto. Había algo en el aire que los tensaba y ponía todos sus sentidos en
alerta. Unos cuantos kilómetros separaban el camino de las frías puertas de los
Desiertos Polares; y aún a aquella distancia, el helado viento ya comenzaba a
resentirse.
- No
se siente como cuando entramos hace años, mi amado Hayami.
- Lo
sé, Isilmë, mantén la guardia.
El Príncipe Hayami se irguió sobre el lomo
de Linta aguzando la mirada hacia el azulado paisaje virgen que se distribuía
ante sus ojos; pese a la oscuridad de la noche, la luz de la luna clarificaba
suficiente la visión de todos permitiéndoles apreciar el camino por el que
andaban. Las ventiscas que acarician las dunas dejan una estela de polvo nevado
que desde allí podía parecer también niebla o el remache de una tormenta de
nieve.
- No
deberíamos entrar, mi estimado ChangMin.
- Los
dragones ya han llegado. Tenemos que hacerlo, Linta.
La inquietud recaía sobre el Príncipe de
Hyarmen y su Grifo del mismo modo en que lo hacía en los otros príncipes y sus
criaturas mágicas. Parecía como si estuviesen a punto de entrar a un pasadizo
oscuro sin tregua a mirar atrás ni señal alguna de hacia dónde van.
Nenya mantuvo sus pensamientos al margen,
siguiendo el galope de los caballos dirigidos por los Príncipes Kim, con el
peliazabache y el moreno apenas unos pasos detrás de ellos mirando todo a su
alrededor con recelosa cautela.
El Príncipe de Formen había estado aquí esta
mañana con Súrion, su Fénix real, el que se había vinculado a él por voluntad y
no por un hechizo que al moreno le resultan por naturaleza eficaces y potentes.
Controlar a un Fénix no es sencillo para cualquier mago, incluso si éste es de
Formen, el reino sobre el que las aves de fuego tenían predilección y donde los
magos eran enseñados en determinadas artes de la magia. Sin embargo, todo lo
que el moreno tenía en mente en esos momentos era el recuerdo de su encuentro
con el Fénix, la advertencia que había recibido y que todavía atravesaba tan
hondo en su corazón como el frío le calaba los huesos. Pasar por los Desiertos
Polares había sido su idea, quería averiguar si alguno de los misterios que
están en torno a este lugar podían darle a él alguna claridad o ventaja contra
su propio pueblo.
En Formen los libros contenían tanto
conocimiento como las mentes de los más ancianos, los que conformaban el
círculo de los Sabios del Consejo Real. Al Príncipe Jung no le llamó
particularmente la atención la lectura, pero tenía esta habilidad para
vincularse a algunas mentes –no a todas ni a cualquiera, a diferencia de la
conocida telepatía de los Elfos y Ninfas, así como del Príncipe Junsu– y
algunos conocimientos terminaron vaciados en su mente cuando se sumergió en los
sueños de los ancianos; sospechaba ahora que esta habilidad fue tal vez en parte
culpable de la facilidad con que el
Príncipe Jaejoong se coló en sus sueños anteriormente, sin embargo no podía
culpar del todo a aquellos encuentros oníricos de sus sentimientos por el
pelioscuro, porque aunque hayan sido poco menos que ilusiones vagas, el que el
primogénito Kim se le clavara en el corazón había sucedido realmente durante
estos tiempos de convivencia, desde que pudo ver realmente en sus grandes ojos
negros la grandeza de su magia.
El moreno desconectó sus pensamientos de
recuerdos y análisis innecesarios, no podía permitirse flaquear de nuevo y que cualquiera
de los Fénix que estaban vinculados a su mente llegaran haciendo estragos en su
debilitada conciencia.
El espacio que separa los coloridos bosques
tropicales de Númen y los Desiertos Polares está flanqueado por un kilómetro de
campo árido, moteado de nieve y piedras negras porosas. Las ventiscas ahí no
soplan tan fuerte pero todavía son lo suficientemente frías para helarles las
mejillas y las manos que sujetan las riendas de los caballos, las crines de
Isilmë o la melena de Linta. El aliento de humanos y criaturas mágicas se
congelaba al ser exhalado y conforme se acercaban a los Desiertos Polares la
temperatura descendía más y más.
- Junsu, ¿puedes darnos un poco de calor? –
El primogénito Kim pidió a su hermano.
El castaño asintió y dejó fluir su magia.
Su cuerpo resplandeció por un instante con un haz de luz en un tono nacarado
brillante que así como emergió, desapareció. Sin embargo, la compañía sintió
una calidez agradable rodearles y protegiéndoles del inclemente clima que les
recibió al llegar a los Desiertos Polares.
Allí a donde la vista llegara se extendían
páramos de campos congelados por siglos enteros. Dunas perfiladas con natural
precisión dándole toques ópticos que encantaban como engañaban. En las líneas
fronterizas se alzan picachos (torres que terminan en punta de prisma) de nieve
congelada, cada ángulo perfectamente trazado como si hubiese sido pensado de
aquella manera en un ambicioso gesto de belleza.
Cuando la Compañía se detuvo a unos cien
metros de lo que está considerado como la entrada en los Desiertos Polares,
notaron a los dragones que sobrevolaban en círculos por encima de ellos sin
cruzar aún las líneas fronterizas.
- Los
huevos de dragón se han calmado totalmente, y francamente no sé si es buena
señal o no, Jaejoong. No percibo nada viniendo de ellos.
- Van
a eclosionar.
-
¿Cómo lo sabes?
-
Solo lo sé, Nënar. Como hemos sabido muchas otras cosas viniendo de ellos.
-
¿Por qué aquí? –
El dragón rojo se estabilizó manteniéndose estático en el viento con la mirada
dirigida hacia los Desiertos Polares. El dragón azul cromado imitándole.
- Eso
es algo que sabremos probablemente hasta que nazcan, Narvinyë… - El menor
de los Kim respondió, con esa seriedad atípica que conseguía que los
pensamientos del peliazabache se agitaran incómodos. Para el Príncipe Park, su
amado era como un ángel, una criatura que jamás debería ser lanzado a las
injurias de la naturaleza humana porque todo lo que saldría de ello sería su
impureza.
- ¿Entonces
simplemente entramos? – Narvinyë cuestionó.
Los Príncipes Kim intercambiaron una
mirada. Esta parada no estaba planeada en su viaje hacia Formen apenas hace
unos días, pero cuando salieron de los dominios del Reino de Númen, los huevos de dragón se agitaron ruidosamente
y una sola palabra en el lenguaje antiguo cobró vida entre los sonidos que
resonaron en el viento. Helcaraxë. Y
los Príncipes comprendieron que sus huevos
de dragón eclosionarían allí.
- Ustedes
no, solo Junsu y yo con los huevos de dragón. Baja y entregámelos, Nënar… -
El primogénito Kim dijo con templanza.
- Ir
allí ustedes dos solos, no.
-
Nënar, es necesario que se haga así.
- ¡No! - Rugieron ambos dragones, precipitándose en
picado hacia abajo, suspendiéndose con sorprendente precisión a un metro del
suelo, dejaron los huevos de dragón
sobre el escarpado camino entre tierra, rocas y nieve y luego aletearon un par
de veces antes de aterrizar con un sonoro golpe que hizo cimbrar los suelos,
replegaron las alas y estiraron sus largos cuellos para confrontar la mirada de
sus receptores… - Estás consciente de que
esto es una locura, Jaejoong.
-
Estoy consciente de que es así como debe realizarse. – El Primogénito
Kim comentó con la misma entereza.
- De
ninguna manera te permitiré entrar ahí solo, Junsu. – Narvinyë rebufó
lanzando fumarolas por sus fosas nasales. El castaño no titubeó.
- Iremos,
Narvinyë. No es algo que estemos cuestionando, se hará así.
El peliazabache intentaba con todas sus
fuerzas comprender lo que estaba sucediendo, pero pese a su vínculo con el
dragón rojo y su amado, ellos bloqueaban aquellos pensamientos para su
conciencia. Nenya tampoco podía acceder aunque empujara con su mente las
barreras que el dragón rojo irguiera impidiéndole traspasarlas.
El dragón azul cromado rugió entonces con
tal fuerza que todos tuvieron que cubrir sus oídos del estruendoso sonido que
incluso estremeció sus cuerpos con una extraña sensación de punzadas que
aguijoneaban por toda su piel. El Primogénito Kim frunció el ceño y empujó su
mente contra la de su dragón mandándole controlarse, Nënar rebufó y con
indignación se dio media vuelta avanzando más allá de donde los huevos de dragón habían sido depositados
por ambos dragones. Se echó sobre el escabroso suelo y con sus afiladas pupilas
centellando como dos flamas del sol refulgieron su contenida ira. Detestaba la
idea de permitir que su receptor
entrara solo en los Desiertos Polares.
Por su parte, el dragón rojo acercó su
rostro totalmente al del castaño, sus ojos rojos como las entrañas de Anarion
captaron la imagen del menor Kim, el escaneo que las pupilas realizó no dejo
tranquila a la bestia, pero como su congénere, dio media vuelta yendo a su
lado.
- ¿Qué significa todo esto? – Finalmente aventuró
el Príncipe de Númen.
- Mi hermano y yo entraremos en los
Desiertos Polares, ustedes deben permanecer aquí, o pueden continuar el camino
hacia Formen, les alcanzaremos en cualquier momento… - El primogénito respondió
en tanto él como el castaño caminaban hasta sus huevos de dragón para colocarlos en las bolsas que colgaban de la
montura de sus caballos.
Yoochun protestó, y Yunho en consecuencia
cuando comprendieron lo que sus amados pretendían. Entrar solos en los
Desiertos Polares preocupó a todos los príncipes, a las criaturas mágicas
también, aunque ya los dragones habían desistido de hacer a sus receptores cambiar de opinión.
- Jaejoong-Vanima, es una locura que
quieran entrar solos allí. Los rumores acerca de los misterios de los Desiertos
Polares…
- Sé tanto como tú acerca de eso,
Yunho-Melko; pero es necesario que se haga de esta manera, por favor no te
preocupes por mí, no sigas subestimando mi magia.
- ¡No es por subestimarte! – Exclamó sintiéndose
abrumado por sus propios silencios, por las razones que le llevaron desde un
principio a Rúnya.
- Entonces solo confía en mí como yo he
confiado en ti desde que salimos de Rúnya.
Las miradas compartidas entre los amantes
no tranquilizó sin embargo el corazón del moreno. Sentía que mientras más se
aproximaban al destino final, nuevas pruebas sometían la voluntad de su
corazón. Un corazón que no era del todo suyo, contaminado por los ambiciosos
deseos de su padre y el amor hacia Jaejoong, un amor loco que todavía parecía
desenfrenar sus pensamientos y los raciocinios. El Príncipe Jung de pronto se
dio cuenta de que durante probablemente toda su vida, nunca ha hecho algo que
realmente quiera hacer.
- Mi corazón se niega en dejarte ir, y mis
pensamientos no son estables; pero he de confiar en ti, Jaejoong-Vanima.
- Y te lo agradezco con el alma,
Yunho-Melko… - El primogénito Kim sonrió en muestra de sus palabras, se acercó
al moreno y besó sus labios brevemente.
- Yoochun-Inya…
- No esperes recibir de mi parte las mismas
palabras que el Príncipe Yunho le ha dicho a tu hermano. Junsu-Lissë, me
preocupa el hermetismo que ustedes dos manifiestan, incluso Narvinyë y Nënar
parecían en desacuerdo.
- Yoochun-Inya. No siempre podemos hacer
las cosas que deseamos, tú mejor que nadie puede comprenderlo. Nuestros huevos de dragón van a eclosionar, y
tiene que ser ahí. Pero no quieren la presencia de nadie más que nosotros. No me
preguntes cómo lo sabemos porque lo único que puedo decirte es que tiene que
ser así.
- Siento que el pecho se me oprime y me
duele el corazón.
- Vamos a estar bien, nuestros dragones
solo van a nacer.
- Es solo que no lo comprendo. Nada desde
que esos huevos de dragón aparecieron
en Tauremornalómë, ni por
qué todos parecen responder solamente a ustedes dos.
- Sé que eso es parte de tu temor por dejarme ir, pero
Yoochun-Inya, mi hermano y yo hacemos esto por Anarion, no es solo un capricho.
El Príncipe Park asintió, abrazó a su amado con fuerza y
aspiró el aroma de su piel besándole castamente sobre el cuello.
- Cuídense, Junsu-Lissë.
Así fue como los Príncipes Kim emprendieron su propio
camino dentro de los Desiertos Polares. Los Príncipes Jung y Park no estaban
conformes, pero acataron la decisión de sus amantes sin oponer más resistencia.
Los dragones lanzaron poderosas llamas de sus gargantas exactamente en el
momento en que los Príncipes Kim traspasaron la barrera de los picachos que se
levantan a la entrada de los Desiertos Polares. Las flamas doradas eran un
espectáculo en aquella fría noche, parecía la muestra de un poder superior que
aún esperaba por ser sometido a pruebas finales.
- Se siente extraño… - El príncipe de Hyarmen murmuró,
sentado sobre unas mantas que colocaron sobre una roca, Linta detrás de él le
ofrecía calor y el respaldo blando de su costado, junto a él se sentó Hayami,
y echada junto a ellos Isilmë.
- Ellos estarán bien. Isilmë y yo
sobrevivimos una vez hace años, lo harán con seguridad también.
- Linta dice que hay algo alrededor que no
le tiene tranquilo, Isilmë tampoco se ve precisamente conforme con esta parada;
y obviamente los dragones también se resistían.
- ChangMin-Írima, si los Príncipes Kim
insistieron en hacer esto solos, nosotros tenemos que respetarlo.
- Y lo hacemos, Hayami-Indil, por eso
estamos aquí, solo esperando a su regreso.
………………………………
Minutos más tarde, el Príncipe Jung intentó
esquivar el campamento improvisado por todos, pero cuando se había alejado por
un lado cerca de cien metros, el dragón azul cromado le salió al paso, bufó e
inclinó el rostro hasta que su hocico golpeó el torso del moreno haciéndole
caer hacia atrás sin demasiada fuerza.
- Nënar…
- Si
tuvieses la facultad para escucharme sabrías lo cabreado que me encuentro
ahora, estúpido Príncipe de Formen.
- No pretendo interferir en la misión de los Príncipes Kim, así que
solo déjame pasar… - El moreno se levantó pero aunque quiso seguir su camino,
esa vez fue la garra del dragón la que le lanzó varios metros hacia atrás… - ¡Maldición!
– Se quejó el Príncipe cuando notó que por el frío el dolor de la caída se
resentía más en su espalda.
- Sé
que no pretendes interferir en la misión de Jaejoong y Junsu. Sé que lo que
quieres es reunirte con tus Fénix, puedo sentir la presencia de tres de ellos a
un par de kilómetros de aquí. – Nënar rebufó nuevamente, exhalando una serpiente de fuego de su garganta.
- No puedo entenderte, Nënar. Pero si lo
que quieres es someterme a alguna prueba como la que Narvinyë le realizó al
Príncipe Yoochun antes, adelante, no pienses que tu apariencia me impone más
allá de lo que me imponen los Fénix.
El Príncipe Jung levantó la mirada buscando
los penetrantes ojos del dragón azul cromado. Las pupilas ardientes como llamas
del sol claro que podrían intimidarle, pero él no podía darse este lujo ahora. Tenía
que reunirse con Súrion y otros dos de sus fénix, aunque Rámainen no pudiera
contarse entre ellos. Nënar sin embargo no estaba dispuesto a dejarle pasar, no
confía en Formen y por tanto no puede confiar en el Príncipe Jung. Aunque no
tenga pruebas claras en su contra, tampoco las tiene para estar a su favor. Y es
un dragón, instintivo por naturaleza, motivado por los impulsos a los que le
instan las memorias de su raza. Y hasta que Jaejoong y Junsu no regresen con
sus dragones nacidos, él no le permitirá pasar.
Continuará……
GLOSARIO







